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En la zona noroccidental existe una serie de microclimas que hacen que dos semillas de la misma variedad sembrada en dos haciendas vecinas tengan un sabor totalmente diferente y peculiar.

El Distrito Metropolitano de Quito es en mayor parte un territorio rural y suburbano. Solo el diez por ciento de su extensión está compuesta por zonas urbanas. La ciudad que estamos acostumbrados a llamar Quito es solamente el centro asfaltado de una zona riquísima en flora y fauna que tiene una particularidad básica.

En el resto del planeta se acostumbra ponerle nombre, fecha y hora a casi todo, quizás por que esas personas viven encadenadas a la rutina de las estaciones: verano, otoño, invierno, primavera son palabras que en Quito se usan pero se desconocen. Y es que la posición geográfica de nuestro territorio (justo encima del paralelo 0, es decir, en la línea imaginaria que marca la mitad del planeta), plantea un desbarajuste climático encantador. Me gusta pensar que nos parecemos al centro de un tornado donde todos los elementos en desorden confluyen en un punto que se vuelve infinito. Aquí no hay estaciones, hay días soleados, lluviosos o de total bipolaridad climática.

Así pues una planta de café sembrada en algún lugar del mundo lejos de nuestra mágica línea imaginaria crecerá en la misma rutina climática que sus antecesoras. ¿Pero qué pasa con una planta que crece bajo la influencia de este caótico y fascinante centro? Pues hereda cualidades que ninguna otra planta del mundo puede tener. En pocas palabras, la planta de café que crece en nuestro Distrito Metropolitano de Quito se vuelve única.

Como cualquier aficionado a la cultura del café sabe, el sabor del producto final depende en un gran porcentaje de las condiciones de clima y suelo en las que la planta se desarrolla. Este es precisamente el origen del sabor característico de nuestro café quiteño: en la zona noroccidental, donde una gran cantidad de cafetales florecen, no solo existe un clima sino una serie de microclimas que hacen que dos semillas de la misma variedad sembrada en dos haciendas vecinas tengan un sabor totalmente diferente y peculiar.

Los detractores del Café de Quito miran en esto un defecto: acostumbrados a lo estricto y exacto, se desconciertan ante la belleza de un sabor que rebasa cualquier precisión volviéndose infinitamente más rico. En cambio, los entusiastas y admiradores de este café sabemos que el encanto de lo caótico y la sorpresa de lo inesperado esconden el gran logro de nuestro café: la sensación irrepetible de aquello que es único.

Foto: cerezas de café de variedade "Caturra", Finca La Perla, DMQ.