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La primera cafetería se abrió en Londres en 1652 y le siguieron muchas otras que se convirtieron en lugares propicios para el nacimiento de ideas liberales y la distribución de panfletos.

La leyenda dice que el ovalado fruto del café era consumido a discreción por un grupo de cabras etíopes que luego saltaban y trotaban, energizadas y felices. Por supuesto la curiosidad del pastor se vio estimulada por el hecho, así que decidió probar él mismo los efectos de la roja y pequeña fruta. El obvio resultado fue la estimulación de algo más que su curiosidad. En algunas versiones, el pastorcillo estimulado llevó muestras de hojas y frutos a un monasterio, en otras a un santo musulmán. En ambas el práctico uso de las frutas fue un brebaje que ayudaría a los santos hombres a no dormirse en los oficios nocturnos.

Desde la lejana África, en un tiempo que no se logra precisar con exactitud, hasta nuestros días en estas coordenadas cercanas a la mitad del mundo, el café ha tenido que viajar interminables kilómetros y medidas de tiempo. En su camino se repiten las historias: la sustancia casi mágica ayuda a las personas a permanecer alerta, a salir victoriosos en expediciones guerreras y a socializar con los aficionados a su efecto. Por supuesto no faltaron los detractores. Más de una vez la bebida fue prohibida y su uso controlado debido a sus inherentes efectos. Sin embargo, la espirituosa bebida siempre lograba salir del paso. En Turquía el entusiasmo fue tal que era causa de divorcio el hecho de que un esposo no pudiera proporcionar una dosis diaria de café.

En el siglo XVII, cuando llegó por primera vez a Europa, algunos sacerdotes católicos lo tildaron de amarga invención de Satanás. Sin embargo, luego de probar el elixir, el papa Clemente VIII quedó tan cautivado que decidió bautizar simbólicamente el brebaje para volverlo aceptable para todos los católicos. La primera cafetería se abrió en Londres en 1652 y le siguieron muchas otras que se convirtieron en lugares propicios para el nacimiento de ideas liberales y la distribución de panfletos. En 1676 esta agitación incitó al cierre de los locales, lo que causó tal reacción que el edicto de cierre debió revocarse, quedando nuevamente libre el espíritu de nuestra oscura bebida.

En 1689 la semilla gloriosa cruzó el atlántico y se abrió el primer establecimiento en Boston, poco tiempo después la bebida ganó el rango de bebida nacional. Pocas sustancias estimulantes han ganado por sí mismas las batallas contra la aceptación social como el café. En el siglo XVIII los grandes cultivos se desplazaban hasta llegar a nuestra querida América del Sur y conquistar los paladares de más de un aficionado.

¿Pero qué hace tan especial a esta amarga y atractiva bebida? ¿Qué la convierte en un alimento con implicaciones sociales y culturales? Muchos opinan que el café tiene un inusitado valor simbólico: muchas personas toman una taza de café por la mañana como rito personal o las comparten con otras a lo largo del día. Las relaciones económicas del café son más sorprendentes aún: en la bolsa de valores este commodity alcanza el segundo lugar (sí, el segundo), después del petróleo. ¿Necesitamos saber más para vernos abocados a disfrutar de una bebida preparada con este legendario ingrediente? Creo que no, así que con su permiso: tengo una taza de Café de Quito esperándome.

 (Foto: una trilladora de café con más de 100 años, Finca La Perla, DMQ.)